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Fue el 11 de marzo de 2011 a las 14:46 horas

30 marzo 2012

Largos temblores se suceden en una extensión de 1000 kilómetros, el noreste de Japón tiembla a las 14:46 h. Una media hora más tarde, un gigantesco tsunami azota una y otra vez 500 kilómetros de costa del Océano Pacífico. Más de 20 000 personas muertas o desaparecidas y cientos de miles de refugiados que consiguen salvarse de las «grandes aguas».

Fue el 11 de marzo de 2011 a las 14:46 horas

Padre Nozomi y Padre Ludo en Ofunato

El 25 de marzo, junto con el Padre Ludo, nos dirigimos a Ofunato, una pequeña ciudad del noreste, devastada por el tsunami. Me quedé allí 6 meses. La pequeña iglesia de la ciudad está construida sobre una colina, así que la ola solo se llevó con ella la pequeña capilla donde se guardan la urnas funerarias. El jardín de infancia, que está detrás de la iglesia, se salvó. La mayoría lo perdió todo, de golpe. Pocos días después, las centrales de Fukushima explotaron y se fundieron, produciendo otro tsunami, esta vez de radiaciones invisibles…

El padre Nozomi, que nos relató este suceso durante la peregrinación de Fe y Luz a Nara en octubre pasado, ilustrándolo con un gran álbum de fotos, ha escrito un emocionante testimonio para el boletín de los Hermanitos de Jesús. Un año después de la catástrofe, este es el relato de lo que vivió en una parroquia del norte de Japón donde se reunió con el padre Ludo Ibaragi, capellán de Fe y Luz en Japón.

Llegada a una región devastada
Cuando llegamos no había agua corriente, así que la tomábamos de una familia de la parroquia, y cada dos días podíamos darnos una ducha aliente. El padre de la familia es un hombre memorable, su mujer también. Él es quien nos hizo de guía en esta región devastada. Su hermano es un jesuita que, entre otras cosas, enseña derecho canónico en Roma desde hace 20 años.

¡Estás vivo!
Tampoco había electricidad. Cuando caía la noche todo era oscuridad, no sólo en la iglesia y en casa, sino todo en derredor. El tsunami lo destruyó todo, todo. ¡Y además hacía frío! No teníamos más que una vieja estufa. Seguía habiendo temblores sísmicos grandes, pequeños… El del siete de abril nos asustó de verdad. Así es como logramos entender, hacer nuestra la angustia que vivió la gente de esta región.

Dos semanas después de nuestra llegada a Ofunato la electricidad volvió a la casa donde estábamos, pero no a la iglesia. Pusimos todo nuestro corazón en los preparativos de la Semana Santa y de Pascua. Un día, en la misa dominical apareció una madre de origen filipino con su bebé en brazos y acompañada de su marido, budista. Fueron recibidos con una exclamación que sonó como una sola voz: «¡estás viva!» seguida de un largo aplauso. El «Hola, ¿cómo estás?» se ha sustituido por un « ¡estás vivo!», y todavía durante algún tiempo perdurará como la manera de saludarse aquí.
El 24 de abril, Domingo de Resurrección, tuvimos una hermosa celebración, llena de gozo por Jesús resucitado. Había incluso cámaras de televisión, porque uno de los parroquianos de esta pequeña iglesia es un personaje muy conocido. Es médico, pero también exegeta: aprendió griego y hebreo para traducir los Evangelios al dialecto local. La entrevista en la que narra el tsunami es tremenda, difícil no llorar, y eso que no éramos más de veinte personas en aquella misa de Pascua…

Chófer y ángel de la guarda
Ludo regresó a Wakayama, dejándonos detrás muy buenos recuerdos en esos momentos tan difíciles. Justo en ese momento llegó un francés de 75 años, para ser conductor voluntario. Fue como mi ángel de la guarda. Gracias a su robusto coche pudimos visitar a las familias desamparadas, sobre todo las familias compuestas por una madre filipina, y un padre japonés y budista. A lo largo de tres semanas me ayudó a desplazarme, aun cuando todo seguía sin funcionar. Después, muchas de esas madres de Filipinas que lo habían perdido todo en el tsunami empezaron a frecuentar la iglesia de Ofunato. Fue en ese momento cuando me convertí en el señor Cura. Un día, dos jóvenes hermanas filipinas se presentaron juntas. Vivían en la costa, en un pueblo de pescadores. Tanto sus maridos como sus abuelos eran budistas. Vivían armónicamente en aquel ambiente, desde hacía varios años ya, siendo esposas y madres. Una de ellas me preguntó « ¿no está casado?», sin más. Le contesté que era un sacerdote católico. Su pregunta, la duda que tenía respecto de mí me lo confirmó, no tenía aspecto de un señor Cura.

"¡Que el Señor esté con vosotros!"
Tras todas las experiencias que viví me pregunto: ¿de qué manera está Jesús de Nazaret presente entre nosotros en ese tipo de situaciones? Puedo decir, con toda mi fe "Que el Señor esté con vosotros", pero no me atrevo a decir "el Señor está con vosotros". Eso no es posible en este mundo, sólo en el más allá. Ese estar con no siempre es algo fácil para nosotros, ¡pero para el Buen Dios todo el posible! Incluso cuando me siento sobrepasado, ahogado en la oscuridad, creo que Jesús está conmigo.
Personalmente, no siento la presencia real de Jesús de Nazaret en la vida cotidiana, a cada momento. No ver el rostro humano de Jesús delante de mí, es más bien un consuelo, algo que me tranquiliza. La fe me aconseja no mirar más que la espalda de Jesús y seguirle, seguir a Jesús que camina delante de mi…
Antes de terminar, quiero agradecerles de todo corazón a las hermanas y hermanos que rezaron por las víctimas del 11 de marzo, y a la importante ayuda que llegó a través de la Fraternidad General, y que se repartió entre cada familia de la parroquia víctima del tsunami.
Hospitalidad, bondad y paciencia
Estoy muy contento de haber regresado a Wakayama. He cumplido mi misión gracias a todas y todos los que me han ayudado a su manera, original en ocasiones. Después de todo ¿qué es lo que he hice allí? El obispo me pidió simplemente, que ejerciera de custodio de la iglesia y que rezara como lo hizo Abraham (Génesis 18-16). Como no puedo desplazarme en coche, a menudo me quedaba en la iglesia. Así que al principio pasaba mucho tiempo sin tener nada que hacer. Pero después de Pascua, empecé a estar tremendamente ocupado, de la mañana a la noche, acogiendo a los visitantes que llegaban de todas partes. Mi labor de acogida encajaba a la perfección con el extraordinario espíritu hospitalario de los filipinos, a lo que hay que sumar la bondad y la enorme paciencia de la pobre gente de esta región. Gracias a todas las personas que he conocido, he descubierto que Dios me llama a una vocación de hospitalidad. A lo largo de mi vida como Hermanito de Jesús, trabajando, he pensado de mí mismo que no tenía ningún don especial, y aún lo pienso. Pero tras mi experiencia como custodio de la iglesia, y gracias a ella, me siento feliz, pues ahora mis esfuerzos se dirigen a abrir las puertas de nuestras fraternidades de Japón, a la imagen de la Santa Familia de Nazaret.
 

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